La magia es...

La luz abre senderos en la oscuridad. No es magia. Todas la estaciones viven, a lo largo del año, escondidas entre los meses y los días. No es magia. La plenitud y la abundancia son estados del espíritu, al igual que lo es nuestro cuerpo. Tampoco es magia. La magia es aquello que nos hace posibles. Si cada tarde las calabazas se convirtieran en carrozas y los harapos en lujosos vestidos de fiesta, encontraríamos la razón, siempre la hay. Entonces ya no sería magia. En realidad no lo es. Y si ahora no lo es, no lo fue nunca. Si los niños crecieran en los vientres de sus mamás, si el Sol saliera cada día tras el horizonte, si la lluvia mojara los campos con agua dulce extraída del mar, si eso ocurriera a nuestro alrededor una vez tras otra, ya no sería magia. Y con razón. La magia es aquello que lo hace posible. El que algo pueda ocurrir no significa que ocurra. El que algo sea posible no significa que ocurra. El que haya buenas razones para las cosas, no significa que las cosas sucedan. La magia no solo no se ajusta a ninguna de nuestras explicaciones, si no que las desafía, las contradice, las aterroriza. El hada madrina no está dentro del carruaje. Y ni siquiera ella es magia. Ni la varita mágica lo es tampoco.
En el camino a lo que ahora somos, en algún momento, los humanos descubrimos el modo de ignorar la maravilla, para maravillarnos con pompas de jabón que nosotros mismos fabricamos, vendemos, compramos, robamos, atesoramos con usura. Sin embargo no es un mecanismo perfecto, nada de lo que hacemos lo es, de ahí que una puesta de sol, una flor, alguna melodía, la noche estrellada, sus ojos... La magia es un rayo de luz que se escapa de entre los muros de la mediocridad.